A lo largo del día, son muchas las personas con las que interactuamos. Familia, amigos, vecinos, compañeros, conocidos, colegas, personas que nos ofrecen un servicio, otros que nos atienden en una oficina o local, extraños con los que nos cruzamos, etc.
Intercambiamos saludos, miradas, conversaciones, atenciones diversas, pero he notado que hay ciertas personas que tienen una magia especial en su trato y con un simple detalle te hacen sentir la diferencia.
Son aquellos que te obsequian un saludo amable, una sonrisa, te escuchan atentamente, tratan de resolver tu consulta, te miran a los ojos, te reconocen, se involucran con lo que te sucede. Capaces de despegar la mirada de la pantalla y mirarte para así escucharte con atención y comprender lo que necesitas. Te transmiten calidez, seguridad, confianza y la certeza que harán lo posible por ayudarnos.
Los encontramos en todos lados, oficinas, supermercados, bancos, restaurantes, consultorios, clínicas, transporte, en la calle.
Pienso por ejemplo en el portero que me acompaña a abordar el taxi cuando salgo con mi nieto, el cajero del supermercado que me comenta que hace días no me ve por ahí, la doctora que me explicó con paciencia que es traqueítis cuando me dio el diagnóstico, la señora que limpia el parque al que voy a correr y me sonríe y me hace barra, la enfermera que movió cielo y tierra por permitirme entrar a la sala de emergencias a ver a mi esposo pese a que estaba prohibido el ingreso.
Mi hija que insistió en que viva con ella luego de la muerte de mi esposo, mi yerno que cuando me percibe triste sale a comprarme un chocolate, mi hijo que vive fuera y cada día me manda un video saludándome, el desconocido que me pasó la voz en la calle para avisarme que mi cartera estaba abierta, mi vecina que me hace la guardia para invitarme un cafecito.
Son detalles, tan solo detalles, que alegran mucho el corazón y llenan la vida de milagros cotidianos.



















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