sábado, 1 de agosto de 2026

Olor a recuerdos...


 Caminaba el otro día muy apurada, pensando en lo que tenía pendiente de hacer en casa, y organizándome mentalmente en ello, cuando vi a lo lejos al señor del kiosko de la esquina, ordenando prolijamente las revistas, colgándolas con ganchos de ropa y llenando cada espacio vacío con ellas.

Al pasar junto al kiosko, sentí el olor característico de papel, tinta, revista nueva, y mis recuerdos viajaron en un instante a otra época, otros tiempos, y me vi a mi misma de niña caminando por la misma avenida de la mano de mi tía Oko, solo que a unas cuadras de distancia, llegando al pasaje estrecho donde exhibían y vendían "chistes".  Cabe aclarar que acá en Perú le llamábamos chistes a las historietas o comics. Era un local alargado y estrecho, cuyas dos paredes estaban completamente cubiertas de chistes.  Me encantaba entrar a mirar las novedades y cada vez que pasábamos cerca, rogaba que me dejarán entrar y con suerte me compraran alguno.  

En casa, a falta de un estante para juntarlos, me habían donado una batea, donde los iba juntando. Me recuerdo transitando con mi batea en dirección al sillón de la sala, donde me instalaba a leer, releer, y contemplar con emoción como el cerro de chistes iba creciendo y los ordenaba juntos por títulos. Entre mis favoritos recuerdo a Lorenzo y Pepita, Sal y Pimienta, Archi, Daniel el Travieso, Periquita, La pequeña Lulú, El pájaro loco, El inspector ardilla, y otros.

Vuelvo al momento presente con algo de emoción, menos prisa,  y una sonrisa de niña en el rostro,  y pienso que probablemente ahí empezó mi afición por la lectura, sumergida en esos chistes del ayer.

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