.....estaba pensando en lo bien que se siente uno cuando recibe o da un abrazo, es como una caricia para el alma.
Cuando mis hijos eran pequeñitos, solía abrazarlos para ayudarlos a dormir , en especial cuando estaban enfermos y yo intuía que eso los aliviaba, ahora descubro que efectivamente es beneficioso y que existe una terapia basada en los abrazos, la abrazoterapia.
Un abrazo nos brinda confianza, protección, seguridad, bienestar, alivio, fortaleza, nos ayuda a superar momentos tristes o a amainar la cólera, nos acerca al otro.
Vivimos una vida tan ajetreada que muchas veces no nos damos un tiempo para algo tan sencillo como es abrazar, podemos abrazar a nuestros hijos, nuestra pareja, nuestros ancianos, nuestros amigos. Hay gente solitaria que nunca recibe un abrazo.
Quiero compartir con ustedes esta historia que encontré en internet:
Hace veinte años, yo manejaba un taxi para vivir. Un día recibí una llamada de unos pequeños edificios en una tranquila zona de la ciudad. Cuando llegué , caminé hacia la puerta y toqué...
-"un minuto" respondió una voz frágil. 
La puerta se abrió y hallé a una mujer pequeña de unos ochenta años . Llevaba puesto un vestido floreado, y un sombrero con un velo. A su lado una pequeña maleta de nylon. Todos los muebles estaban cubiertos con sábanas, no había relojes en las paredes, ninguna baratija o utensilio.
La señora repetía su agradecimiento por mi gentileza. Cuando llegamos al taxi me dio una dirección, entonces preguntó:
- ¿Podría manejar a través del centro?
- Ese no es el camino corto, -le respondí rápidamente-.
- No importa, -dijo ella-. No tengo prisa, estoy camino del asilo.
La miré por el espejo retrovisor, sus ojos estaban llorosos.
- No tengo familia, -continuó-, el doctor dice que no me queda mucho tiempo de vida.
Tranquilamente estiré mi brazo y apagué el taxímetro.
- ¿Qué ruta le gustaría que tomará? -le pregunté-.
Por las siguientes dos horas manejé a través de la ciudad. Ella me enseñó el edificio donde había trabajado como operadora de elevadores. Manejé hacia el vecindario donde ella y su esposo habían vivido cuando ellos eran recién casados. Ella me pidió que nos detuviéramos enfrente de un almacén de muebles donde una vez hubo un salón de baile, al que ella iba a bailar cuando era joven. Con el primer rayo de sol apareciéndose en el horizonte, ella repentinamente dijo:
- Estoy cansada, vámonos ahora.
Manejé en silencio hacia la dirección que ella me había dado. Era un edificio bajo, como una pequeña casa de convalecencia, dos asistentes vinieron hacia el taxi tan pronto como nos vieron. Yo abrí la cajuela y dejé la pequeña maleta en la puerta. Hicieron que la señora se siente en una silla de ruedas. Casi sin pensarlo, me agaché y la abracé. Ella me sostuvo con fuerza, y dijo:
- ¡Oh, necesitaba un abrazo!
¿Y tú? ¿ Te animas a practicar la abrazoterapia?